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21/06/2006
BALLENA BLANCA
Yo soy un Ahab del lenguaje,
mi Moby Díck nada en el papel blanco,
indistinguible cachalote lo anunciaré desde lo alto,
mi arpón será un lápiz, le daré muerte
o me arrastrará hasta el fondo, quebrando
mi barca de madera.
Gritaré como los marineros de Melville:
"Ojo agudo para el cachalote blanco,
una lanza aguda para Moby Dick".
Descubriré una a una en el océano
las ballenas-blancas del poema,
y fijas con mi arpón las dejaré.
En Nantucketj como Moby Dick, las palabras
no darán provecho, no convertiré su furia
en aceite y sí en trozos de vela que iluminen noches
de tormenta.
Las palabras del poema estarán vivas,
aunque con arpón prendidas al papel,
prendidas al papel y nadando en sus aguas:
¡Olas del pensamiento por grandes peces atravesadas!
¿Hay ballena que nade más por los siete mares del tiempo,
por los otros siete del idioma,
que la ballena blanca de Melville?
Hace más de cien años que navegan Ahab y su ballena,
hace mucho más de cien que el hombre pesca
en el papel las palabras del poema.
El Starbuck que hay en mí se rebela.
No venderé su aceite en Nantucket,
jamás arribaré al puerto,
ese trozo de mar en tierra firme,
ese pálido muelle cercado por poemas.
¿Me volveré loco porque Ahab tiene un mástil en los ojos?
Pero Moby Dick no es una ballena
eso lo sabe Ahab, eso lo sé yo.
Monstruo ubicuo, la palabra, ballena blanca,
en todos los mares ataca y se halla.
No es ella, lleva escondidas en su alma
profundidades demoniacas, aguas revueltas y negras;
en su lomo, conchas, algas, mejillones
milenarios y secretos brillan acerados por la luna
con cósmico misterio.
Todas las pasiones contemporáneas del hombre,
y también las cosmogónicas,
botánicas, minerales, zoológicas,
nadan en la ballena del idioma.
Ay de aquel que hunda su arpón irresponsable,
sentirá una fuerte presión, se le desfondará el tórax.
Pájaros marinos, verdugos de un dios que castiga
para siempre a Prometeo,
los peces nadarán eternamente por su quilla,
indiferentes a su dolor, a su mirar vidrioso.
Pero del esperma vigoroso de la palabra
surgirá la llama de la vida
Vale pues el riesgo. ¡Ahab, dame el arpón!
INOCENCIA
Al sol se esponjan y cacarean, se olvidan de su idiotez, de su destino; se animalizan, se camuflan con los otros animales: los verdaderos. En las ciudades, para que no se suiciden las sacan a tornar el sol atadas de una pata, inválidas grotescas cada coche que pasa las asusta, la pata acaba por flotar independiente, y los niños, siempre crueles, en juegos las imitan. Al atardecer, entre patadas, las meten en cajas, y en los cuartos de vecindades hacen que duermen. En su rencor se meten a los sueños, despiertan pesadillas al cerebro, donde hunden una y otra vez sus picos resentidos. Y en las mañanas, inocentes, se esponjan y cacarean; gatos y lagartijas les sirven para camuflarse.
ANGELES COBARDES
Tienen alas y no vuelan. Su mirada estúpida y cruel, su grotesco y ridículo estar aquí. Desterradas del infierno, insoportable su mezquindad para los seres grandiosos y soberbios. Ángeles caídos con las alas atrofiadas por la impotencia. A ciegas, sin saberlo, buscan con el pico sus infernales orígenes. Condenadas por su cobardía a la superficie, llevan en su carne, carne de gallina, el castigo. Muchedumbre de soledades en el corral que en venganza se matan a picotazos. Demonios desterrados, ángeles caídos, tienen alas y no vuelan, condenados por su cobardía a la superficie.
ESQUELETOS
Ruinas insumisas se abren al ojo del asombro,
siempre altivas se yerguen por más que las penetre la catástrofe;
en el tiempo los gritos tienen un eco sereno.
Estas ruinas, esculturas de tiempo en la mano del hombre, eran cosa reciente,
su belleza era otra, otras nubes y otros ojos las vieron.
Hoy, bajo este sol, en esta selva, son esqueletos, sombras
de adentro desprovistas de carne.
ARQUITECTURAS
En el fondo de mí hay una luz pausada,
un aire enamorado del Interior y de la muerte,
que construye bellos edificios, catedrales, laberintos de piedra.
En el sueño, soy arquitecto, escultor, un poco músico.
Me despierto y tan sólo me aguardan las palabras
que en la noche escaparon a no ser lo que son.
Muchas veces, antes aun de imaginármela,
de oír su nombre, soñé con Praga:
por un azar del deseo la construí en el sueño,
con las piedras, con el aire, con el cementerio judío, con su castillo y muda.
Una vez tan sólo soñé con una iglesia ósea.
Esqueletos cuadrúpedos, gárgolas, se cruzaban
con ángeles siniestros
en un impulso vertical hacia la muerte.
Un rosetón de finas osamentas filtraba una luz mortecina.
En el interior no había trozo sin hueso,
la muerte ascendía en racimos hacia el cielo.
Un esqueleto crucificado presidía el altar,
turistas alemanes lo miraban y a mí, que me sabía el arquitecto,
me sorprendía estar vivo.